martes, 3 de marzo de 2009

Una semana más en mi calendario

Hoy es lunes, maldito lunes de distancia
martes de indiferencia,
miércoles de indecencia,
jueves de desolación,
viernes de instransigencia,
sábado, te encuentro,
domingo, ¿me quieres? Yo sí.
es lunes otra vez.

Esperame el siguiente año

Nuevo amor
Adiós verano ¿Quisiste venir?
Te estuve esperando, nunca llegaste
Esperame el siguiente año triste amor mío
Olvídame, recuérdame ¿Te creo?
¿A quién creo?

Capítulo 4: Noticias tardías

Había respondido a la desesperada carta de su sobrina Rebeca hacía muy poco tiempo.

Cierto día de Mayo llegó a sus manos por medio de una amiga suya quien la había encontrado en su buzón, ¿De quién será? Se preguntó a sí misma. Que ella supiera no tenía mucha familia y esta carta mostraba especial afecto. Rebeca se encontraba mal, su enfermedad: el olvido.

Pronto no recordaría cómo escribir, cómo leer y hasta cómo respirar. Sobre las sábanas cubiertas de bellos pétalos de cerezo, pasaba el lápiz rápidamente casi sin pensar, tratando de no olvidar la siguiente palabra, tratando de no llorar en el intento, tratando de poder ser leída alguna vez, de que su carta no se perdiera en el tiempo y sea olvidada como ella. No quería pensar en ello.  Por la noche, dejó el sobre en el buzón intentando no ser vista. Pero allí estaba, la pequeña Sofi, con la mirada perturbadora de siempre que le quitaba el sueño; tierna pero que no reconocía como la de su propia hija; perturbadora, insomne.

Lo único que buscaba Rebeca era ayuda para poder sobrevivir a aquella extraña enfermedad. Sólo deseaba encontrar a su querida pero lejana tía Esperanza, su única familia, su único apoyo, y como su nombre, su única esperanza. Viuda desde hace mucho, poseía ricas tierras en el norte de Barcelona heredadas por su ya difundo esposo. ¿Cuánto se demorará en llegar su respuesta? Preguntó a James, ya sin poder hablar bien, sin poder articular sílabas ni sonidos entendibles. De dos a tres días, probablemente, no se preocupe. Respondió el siempre educado cartero, quién pensaría que esa fue la última vez que Rebeca lo vio.

La respuesta tardó más de lo esperado, Esperanza no sabía nada de aquella carta, escrita con desesperación, ansiedad y temor. Solo cuando Cecilia se la dio, comprendió la difícil situación que atravesaba su sobrina y decidió enviarle el dinero suficiente para cubrir todo el tratamiento y así poder lograr su tan anhelada recuperación.

Dentro del sobre, Alberto encontró doscientos mil libras para pagar al contado todo el tratamiento con medicinas incluidas. Rompió en llanto. ¿Por qué no se lo comentó? ¿Por qué se dejó morir así? Rebeca fuiste diferente, de eso no hay duda, murmuró para sus adentros el nostálgico esposo y ahora viudo.

Capítulo 3: Esperanzas de un padre, deseos de una hija

La mañana del 15 de Abril, la pequeña Sofi y su padre, salieron muy temprano. La niña llevaba todas sus pertenencias en una maletita igual de pequeña que ella. Alberto cuidó que mamá Norma no se diera cuenta de la partida de su nieta, recogió todas las pertenencias de ambos y partió en un largo viaje, sin pensar que nunca más volvería a pisar aquella maravillosa tierra de rosas y tulipanes.

- ¿A dónde vamos papi? – Preguntó la curiosa niña, mientras caminaban el sendero hacia el lago que bordeaba los adorados rosales de su madre.

- A un lugar maravilloso, amor. Vamos a visitar a tu mami. -  Respondió Alberto, con los ojos totalmente iluminados por el radiante sol que se abría paso en el cielo.

Caminaron durante largo rato sin decir una sola palabra, bastaba con que estén juntos para que sus almas pudieran conversar, bastaba con que Sofi le diera la mano a su padre para robarle un suspiro a su corazón, bastaba que el sol iluminara sus caminos para que jamás se separaran.

- Papi, extraño mucho a mamá. – Dijo la niña, con la voz cargada de nostalgia.

- Lo sé pequeña, yo también la extraño. – Contestó Alberto mientras llegaban a la pequeña y rústica iglesia del pueblo.

- ¡Alberto Gonzáles! – exclamó una voz, a lo lejos.

Sofi y su padre se volvieron para ver de dónde provenía el sonido. Era el cartero, James: iba todas las mañanas a casa de Alberto, pensó que tal vez lo había olvidado y no había abierto el buzón.

- ¿Qué sucede James? – preguntó un poco desconcertado ante la aparición del anciano.

- Tengo una carta para Rebeca – respondió el cartero, mientras secaba el sudor de su frente.

¿Rebeca? Pero, ella… ella… ya no vive aquí. – titubeó Alberto, mientras impedía con todas sus fuerzas que las lágrimas cayeran por su rostro.

- Lo siento mucho, pero la carta llegó hace unos días y por error se quedó en algún buzón vecino, ¿Desea conservarla?

- Si… por favor – respondió aturdido ante la noticia, al tiempo que cogía a Sofi de la manito para que no tocara las demás cartas que James guardaba en su maleta.

Alberto sintió como poco a poco, sus ojos iban nublándose más y más. 

Capítulo 2: Aquella mujer con apariencia de ave

Cuando la pequeña despertó, se dio cuenta que algo no andaba bien. Miró por la ventana, esperanzada en ver algo completamente diferente; mas, no fue así. Sofía saltó de la cama y corrió a la sala; en ella encontró, cómodamente sentada, a una mujer vestida con un traje azul de suave terciopelo, llevaba un extraño sombrero de plumas sobre la canosa cabellera y tenía la mirada fija en la pequeña que acababa de entrar corriendo.

- ¿Es está… su hija? – dijo observando detenidamente cada detalle en la niña, mientras Sofía abría y cerraba los ojos intentando desaparecer a la mujer con la similitud de un pájaro que se había instalado en su sala.

- Si…ella es Sofía, mi hija. Es una niña muy especial. – respondió tiernamente como solo un padre podía hacerlo.

- Bien…los papeles estarán listos en un par de semanas. – dijo la mujer sin dejar de mirar a Sofía.

- Fue un placer visitarlo señor Gonzáles, todo estará en orden – se apresuró a añadir al tiempo que estrechaba la mano de Alberto y acariciaba el cabello de la niña, quien hacía inútiles esfuerzos por desaparecer a la extraña de su vista.

- Muchas gracias, señorita Gutiérrez – dijo acompañándola a la puerta.

Sofía jamás pudo olvidar aquel día: la incertidumbre del amanecer, la extraña mujer sentada en su sala, la nerviosa mirada de su padre, las palabras de la intrusa… todo era muy confuso para la pequeña Sofi.

- Papá, ¿Quién era esa señora? – preguntó Sofía, mientras tomaba una tostada del cesto de pan y la untaba con mermelada de fresa, su preferida.

- ¿Ah? Es una… recaudadora de impuestos. – titubeó Alberto, pensando muy bien cada palabra que diría.

- ¿Y qué es eso? – cuestionó la pequeña al no entender cómo su padre no pudo notar que aquella mujer era un pájaro.

- Es… una persona que cobra dinero a las demás… en nombre del… presidente… – respondió Alberto intentando arreglar la situación.

- Ah… ¡Ya entiendo! ¡Seguramente por eso mandaron a un pájaro enorme! ¡Para que a las personas les de miedo y den todo su dinero!

Sofía rió como nunca antes lo había hecho y compartió aquel mágico momento con Alberto y Norma.

Los días trascurrían rápidamente, parecía que el tiempo y el universo se habían confabulado para hacer que el temido viernes llegara más temprano que lo acordado con el calendario.

- Faltan dos días doña Norma – dijo Alberto con un tono de preocupación en la voz.

- ¡Por Dios, Alberto es tu hija! ¿Qué pensaría la pobre Rebe si estuviera aquí? -exclamó, a punto de derramar una lágrima.

- Sofi necesita algo mejor, algo que yo no puedo ofrecerle. Jamás me perdonaría que creciera sin el amor de una verdadera madre… o de un padre… – dijo Alberto totalmente desconsolado.

- ¡Sofía no necesita otro papá, te necesita a ti! – Afirmó la desconsolada abuela, intentando cambiar la decisión de su hijo.

domingo, 1 de marzo de 2009

Capítulo 1: Una niña muy especial

Sus zapatitos negros reflejaban la soledad de su corazón: Sofía aguardaba temerosa en la puerta; su maletita rosa, llena de sueños por realizar, observaba ansiosa la gran entrada.

Era de menuda figura; sus ojos verdes, como piedras preciosas, mostraban una enorme necesidad de amar; su carita era la de un ángel; su olor era especial: ella era especial. Llevaba un lindo vestidito guinda, bastante remendado; muchas veces la vieron con él, dando vueltas en el inmenso jardín o jugando con una dulce muñeca en su habitación.

 - Sofía es muy especial - dijo el hombre que la acompañaba.

 - No lo dudo – afirmó Alfredo observando a la niña, detenidamente.

 - Está en buenas manos: doña Esperanza es muy buena persona, ella tiene un corazón de oro. – prosiguió el encargado.

- Mi pequeña no duerme si antes no le leen un cuento; por favor dejen la luz prendida hasta que se duerma porque le tiene miedo a la oscuridad. – dijo con lágrimas en los ojos. Tomó las manos de la niña y pareció darle un suspiro de su alma al besárselas. De repente, una lágrima corrió por el rostro de Alberto; Sofía lo notó de inmediato y le dio un abrazo aliviador a su padre.

- No se preocupe, vaya tranquilo – respondió el encargado cerrando la puerta lentamente.

La pequeña veía a su adorado papi desaparecer tras la enorme puerta de madera con vitrales amarillos; jamás olvidaría la expresión de dolor en su rostro, las ganas de correr a abrazarla sin importar lo que pasara, la tristeza con la que la observaba, sin poder hacer nada.

Al morir Rebeca, su padre no supo cómo guiar el hogar, la triste Sofía se refugiaba en un mundo de ensueño, donde nadie podía dañarla. Pasaba las noches contemplando el techo de su habitación, imaginando el cielo estrellado: jugando con su imaginación.

Alberto no contaba más cuentos, no daba más besos de buenas noches, no decía  más un: “sueña con los angelitos, mi pequeña”.

Norma, lo intentó todo; no soportaba la idea de que su nieta, su única nieta, evadiera la realidad de aquella manera: jugaba con ella, le contaba cuentos; pero aun así no logró llenar el enorme vació que dejaba Alberto, al no estar en casa.

Una noche, sumido en el alcohol, Alberto recordó a Rebeca, recordó su dulce mirada, su perfume natural, sus ojos angelicales. Sintió la necesidad de ver a Sofía de decirle cuánto la quería, que no quería abandonarla nunca más.

Al día siguiente volvió a casa temprano, llevaba una muñeca y chocolates para su hija. Sofía no podía ocultar su sorpresa, tal vez eso era lo que le faltaba: el vacío que no podía llenar.

- Te amo Sofi, perdóname hijita.

- Te quiero mucho, papi. Nunca más te vayas – dijo la pequeña regalándole un gran abrazo a Alberto, un extraño, que de la noche a la mañana volvió a ser su padre, quien comprándole su primera muñeca ganó su amor otra vez.

Sin embargo, ya nada era igual, Rebeca no estaba más y la pequeña Sofía no parecía darse cuenta de su ausencia. Alberto no podía más, no podía soportarlo más. Su hija no podía llenar el profundo vacío que había dejado la muerte de su esposa. Se sentía cada vez más confundido; muchas ideas cruzaban por su mente antes de dormir, cada una más ridícula que la anterior.

Una mañana, como muchas, Alberto entró al cuarto de su tierna hija: Sofía, quien dormía profundamente aferrada a su muñeca de trapo, la niña sonrió entre sueños, se dio la vuelta y volvió a caer en la almohada.

- No quiero hacerte esto, pequeña – dijo dulcemente, mientras acariciaba su cabello, suave como la brisa del viento.

- Pero es algo que no puedo dejar pasar… - dándole un beso salió de la habitación, y dejó a su hija soñar con un mundo mejor.

Alberto lo pensó mucho antes de dar ese gran paso: no podía volver atrás, era una decisión irreversible.

Para no olvidarte

Lejos de ti, aún siento aquel perfume,

Aquel que tu amor dejó en mi corazón,

Y regalo un beso al viento,

Para que te visite al anochecer,

Y sueñes conmigo un sueño que yo también soñaré.

Lejos de ti, aún siento que somos dos,

Permito que mi corazón siga esperando,

Hago que mis silencios piensen en ti,

Porque no quiero olvidarte.